miércoles, 10 de agosto de 2011

presuposiciones discursivas

las precondiciones reflexivo-trascendentales del discurso racional del argumentar.-

Mar. 6th, 2009 at 6:12 PM



El punto de vista de las siguientes consideraciones es la reflexión sobre la circunstancia de que el reconocimiento de las presuposiciones no contingentes que constituyen la “preestructura” (no advertida por Heidegger) del discurso filosófico pertenece hoy también al a priori fáctico de nuestro ser en el mundo. Con otras palabras: el reconocimiento de las mencionadas presuposiciones no sólo constituye, para todas las ciencias crítico-reconstructivas, un a priori de la argumentación no discutible, sino que también representa para ellas un dato de la historia a reconstruir; un dato que sólo a través de la reconstrucción comprensiva de la historia, según su posibilidad y su efectividad, puede ser, por así decirlo, “recogido” o alcanzado (einzuholen ist). El punto de partida hermenéutico-trascendental que presuponer la reconstrucción histórica hace pues tambien las veces de telos de la reconstrucción, cuya función como principio regulativo no puede ser discutida, si es que la reconstrucción no quiere caer en contradicción performativa con sus propias condiciones de validez. En esta preestructura de la reconstrucción de la historia radica la alternativa tanto a la filosofía especulativa de la historia, que concibe el telos de la historia dogmático-metafísicamente, como también a la hermenéutica del acontecer del sentido y de la verdad en el sentido de Gadamer, incapaz de justificar un principio regulativo del progreso posible.

La relevancia del principio de autoalcance de la reconstrucción de la historia se pone sobre todo de manifiesto cuando lo confrontamos con los intentos característicos de toda la modernidad (e irónicamente característicos también de la crítica total a la razón en el postmodernismo) de ofrecer una explicación reduccionista naturalista de la historia del espíritu a partir de motivos causales externos. Al confrontarla, por ejemplo, con el intento de Nietzsche de cuestionar genealógicamente todas las pretensiones de validez de la razón humana (verdad, rectitud moral y finalmente también la veracidad que durante tanto tiempo reivindicó para sí -la “sinceridad” de Nietzsche-). Frente a estos intentos (condenados a la contradicción performativa) de sustituir comprensión por explicación, el principio de autoalcance de la reconstrucción no exige renunciar a explicaciones externas pero sí subordinarlas y postergarlas a la comprensión en el sentido de una reconstrucción racional valorativa.





En lo que sigue consideraré sólo aquellas precondiciones aprióricas de la racionalidad del argumentar que, en mi opinión, no pueden ser negadas sin caer en una autocontradicción pragmático-trascendental. Por ésta entiendo una contradicción performativa entre el contenido de una proposición y el contenido intencional autorreferente -implícito o performativamente explícito- del acto de emitir una proposición en el marco de un discurso argumentativo.

La autoconsistencia posible de la “doble estructura” performativo-proposicional del habla y de la argumentación humanas puede caracterizarse como la consistencia del Logos humano. (Kant hablaba a este respecto del “acuerdo de la razón consigo misma”). Entre las precondiciones pragmático-trascendentales -que tienen que ser explicitadas una y otra vez- del discurso racional y, con ello, del Logos, cuentan las pretensiones universales de validez de los actos de habla argumentativos, junto con la necesaria presuposición de que ha de ser posible -por principio, aun cuando no sea así en cada caso particular- alcanzar, por medio del discurso argumentativo, el consenso acerca de la legitimidad de esas pretensiones de validez. Con Habermas yo enumeraría cuatro pretensiones universales de validez. Son las siguientes:

1. La pretensión al sentido válido intersubjetivamente y, por así decirlo, intemporal: sus portadores son los signos convencionales de nuestro lenguaje, ellos anticipan en alguna medida, pero nunca lo realizan completamente; antes bien, hay que contar con un proceso de interpretación de los signos (Peirce) potencialmente infinito, como explicación del sentido. En mi opinión, también la pretensión de sentido del habla está sujeta, en tanto que pretensión de validez, a la crítica argumentativa: una afirmación, por ejemplo, o una pregunta, puede “carecer de sentido” (unsinning sein, Wittgenstein), aunque la proposición correspondiente esté sintáctica e incluso semánticamente, “bien formada” y sea en esa medida “comprensible”. La pretensión universal de sentido es en mi opinión la más fundamental pretensión de validez del Logos, puesto que constituye la precondición del resto de condiciones universales de validez de habla.

2. La pretensión de verdad. Está directamente ligada a las proposiciones de los actos de habla asertivos; pero en la forma de presuposiciones de existencia está indirectamente ligada con todos los tipos de actos de habla. (A esta pretensión pertenece también implícitamente en mi opinión la pretensión de corrección de las inferencias, que transmiten la verdad de las proposiciones.)

3.La pretensión de veracidad. Está vinculada con los actos de habla en tanto que expresión de estados intencionales del espíritu. Ciertamente esta pretensión no puede ser desempeñada pertenece a las condiciones de la posibilidad de la argumentación. (La ironía, por ejemplo, en tanto que artificio retórico-literario, trasciende ya la racionalidad del discurso argumentativo en sentido estricto; aunque desde luego la presupone parasitariamente).

4. La pretensión, moralmente relevante, de rectitud. Está ligada a la función comunicativa apelativa de los actos de habla y pone al menos una parte de su fuerza social vinculante a disposición de la coordinación posible de las acciones humanas.





En el presente contexto, no intentaré mostrar detalladamente que las cuatro pretensiones universales de validez no pueden ser negadas sin que el que las niega se vea envuelto en una autocontradicción pragmático-trascendental. En lugar de eso, me limitaré a hacer algunas observaciones que pueden ayudar a evitar malentendidos. Así quisiera acentúar que no debe confundirse la pretensión necesaria de verdad de una constatación (o incluso de una hipótesis) con una pretensión de certeza, tal como ocurre en ocasiones por parte de falibilistas precavidos en exceso. Porque precisamente para poner en cuestión o criticar una proposición el crítico tiene que conocer la pretensión de verdad que está ligada con ella. Si se niega o se deja de reconocer la pretensión de verdad, la proposición -especialmente si es una hipótesis- queda inmunizada contra toda crítica posible.

Ahora bien, la comprobación de la pretensión de verdad de una hipótesis presupone por principio una comunidad ideal de argumentación. Es decir: presupone normas ideales de comunicación en el sentido de iguales derechos y deberes de reciprocidad argumentativa. Por esto en mi opinion es suficiente con la formulacion de hipótesis racionales comprobables para mostrar que por principio se presupone también la posibilidad de desempeñar racionalmente las pretensiones de rectitud, moralmente relevantes, de las propias acciones comunicativas del argumentar. En otras palabras: la presunción de las racionalidad de la ciencia empírica presupone ya la racionalidad de una ética.

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las precondiciones reflexivo-trascendentales del discurso racional del argumentar.-





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Pues bien, ¿cuáles son las presuposiciones normativas del discurso filosófico y en qué se diferencian de las de la precomprensión contingente del mundo?

En una conferencia como tal ofrecía la oportunidad de patentizar las presuposiciones las presuposiciones normativas del discurso filosófico en su ejercicio -sobre las que la mayor de las veces no se reflexiona-; es decir, aquí ejemplarmente: las presuposiciones de un acuerdo que se intentaba encontrar entre los miembros o representantes de las distintas tradiciones culturales y posiciones filosóficas.

Me refiero a la oportunidad de distinguir las siguientes presuposiciones normativas (presuposiciones tales que ninguno de los participantes hubiera podido negar sin caer en una contradicción performativa con lo que en ese momento está haciendo:

1. Un filósofo intenta mediante sus argumentos (es decir, mediante convicción y no mediante persuasión, por no hablar de otros usos estratégicos del lenguaje como el ofrecimiento de ventajas y las amenazas) llegar por principio a un consenso acerca de la legitimidad de las pretensiones de validez de lo que expone, con todos los participantes posibles). (Ciertamente, puede esperar, y aceptar en interés de la argumentación, que se producirá un disenso. Sin embargo, no puede -mal que le pese a Lyotard- aspirar al disenso; antes bien, en caso de disenso tiene que aspirar al menos a un consenso sobre las razones del disenso, siempre que siga argumentando).

2. Un filósofo, al argumentar, entabla necesariamente al menos las siguientes cuatro pretensiones de validez (las entabla siempre conjuntamente, aunque puede destacar cada vez una, según qué acto de habla elija -por ejemplo, afirmaciones, peticiones, confesiones-):

1) Como presupuesto de cualquier otra pretensión de validez, debe entablar la pretensión de que sus actos de habla poseen sentido intersubjetivamente compartible. (Debe suponer que cumple satisfactoriamente con esta pretensión incluso en el caso de que él -por ejemplo, en calidad de lingüista o psicólogo del lenguaje- argumente a favor de la imposibilidad empírica de enlazar significados idénticos con nuestras expresiones; o de que defienda la idea -con Derrida- de que la dissémination o la différance, en cuanto acontecer fundamental de todo proceso sígnico, hacen imposible la presencia de un signifié compartible. Entonces se produce precisamente una contradicción performativa, que Derrida, naturalmente, es capaz de soportar). En mi opinión, es posible poner en cuestión la pretensión de sentido de los argumentos -en especial de las preguntas filosóficas- de manera que la pretensión de sentido tenga que defenderse explícitamente. (Sin duda, se debe presuponer ya una inteligibilidad no problemática -en los planes sintáctico y semántico del elngauje- para las pretensiones de sentido problematizadas).

2) En el discurso teórico, la pretensión de verdad, como capacidad ilimitada de consenso de las afirmaciones, ocupa el primer plano. (La pretensión de verdad no incluye una pretensión de certeza; antes bien, es compatible con la defensa explícita de una reserva falibilista -excepto en los casos en que se trata precisamente de las presuposiciones del sentido de la tesis falibilista, por ejemplo: de las presuposiciones del concepto de verdad y de la posibilidad de discursos encaminados a la formación de consenso.)

3) Otra pretensión de validez presupuesta en el resto de pretensiones de validez -de igual modo que la pretensión de sentido- es la pretensión de veracidad relativa a las intenciones subjetivas. Cuando es puesta en cuestión, no puede desempeñarse por medio de argumentos, sino sólo aseverarse mediante actos de habla o desempeñarse en la práctica.

4) Además en todo argumento hay un presupuesto de la exposición de las pretensiones de verdad como tal que tienen que ser aceptadas o rechazadas en una comunidad de comunicación por principio ilimitada y éste es la pretensión éticamente relevante de actitud. Esta fundamental pretensión ética de rectitud (que no se debe confundir con las pretensiones de rectitud que plantean en el discurso práctico, por ejemplo por medio de peticiones) se puede explicitar del siguiente modo, a la vez que conseguimos una fundamentación ética mediante la reflexión sobre los argumentos: en el reconocimiento recíproco de los participantes en el discurso es necesario suponer, e incluso -tal como muestra cualquier acto de argumentación en serio- anticipar contrafácticamente, la solidaridad de una comunidad ideal de comunicación en la que se cumplan las normas fundamentales, estrechamente conectadas, de la igualdad de derechos y de la igual corresponsabilidad por el planteamiento y solución de problemas. (De aquí resulta inmediatamente la exigencia de que todos los problemas morales que pudieran plantear los participantes en el discurso -por ejemplo, los derivados de conflictos de intereses en el mundo de la vida, que de ordinario se resuelven apelando a la violencia- tienen que ser resueltos mediante discursos prácticos de los afectados.)

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